No soy una mujer para nada especial, tengo mis mambos, mis ideas, mis convicciones y, por supuesto, mis gustos. Quizás en todo esto me encuentro diferenciada de muchas otras, pero no por eso soy más especial o menos, sino sólo perteneciente a un subgénero de féminas (quizás desarrolle esto en otro tipo de post).
Para mi descripción general basta con decir que me creo bastante independiente, me gusta leer, me gusta entender, me gusta escribir, tengo un caracter bastante fuerte, y sino fuerte al menos firme. Además, me gusta hacer cosas que debería haber hecho cuando era más joven, pero cuando lo era estaba demasiado abocada a la idea de ser adulta.
Así y todo, hay una lista de conceptos que a todas, seamos como seamos, se nos incorporan sistemáticamente desde que nacemos: educación, matrimonio, bienestar. Hasta aquí, Jane Austen podría haber sido nuestra madre o incluso, nuestra amiga del alma. Hay más conceptos, pero esos son los básicos, los que unifican a casitcualquier mujer del mundo, inclusoo contemplando las diferencias entre una cultura y otra (la forma de llevar a la realidad el concepto puede variar significativamente, pero en “esencia” es lo mismo).
Dentro del género femenino hay quien suspira por los hombres apuestos no desmesuradamente, amigables y bondadosos. En lo personal, el estereotipo “Edward Ferrars” es con el más he tenido oportunidad de relacionarme sentimentalmente: son hermosos hombres, pero aburren rápidamente. También he tenido algún Willoughby que me ha conquistado, me ha lastimado y yo no madure como Marianne, entonces volví (es que no había ningún Coronel Brandon, por suerte). Pero la búsqueda incesante, el eterno enigma, la luz que nunca encuentro, el fantasma que me atociga es Mr. Darcy.
Un poco oscuro, orgulloso hasta la médula, maravilloso a mis ojos, un poco reticente al idioteque-chat o a los clichés del levante en el plano normal. Nunca uno, me he reflejado muchas veces en muchos hombres, y nunca uno que haga que la Lizzie dentro de mi se satisfaga.
He visto bajar mis estándares en maneras abruptas, no queriendo, sino cayendo inconcientemente. No me arrepiento, pero hay alguien dentro de mi insatisfecho que grita la presencia de un fantasma del siglo XIX (probablemente, sea otro fantasma del siglo XIX).
Incluso si lo pienso, no conozco a ningún Mr. Darcy. El orgullo como virtud no parece ser una caraceterística común al hombre del recién estrenado SXXI, y sin embargo, una espera, porque querramos o no todas esperamos que nos saque para siempre del tedio, porque seremos orgullosas pero también románticas, somos netamente británicas, nada de cortes francesas que nos perviertan moralmente (si, admiramos y nos deslumbra Versailles, pero siempre quisimos vivir en Pemberley). Lo único que queda vivo en nosotras del protestantismo inglés es su ascetismo en lo romántico, no la pompa católica de la iglesia gigante y el vestido eterno. Todas, es decir el subgénero femenino al cual pertenezco, esperamos que digan de nosotras que somos “tolerable, but not handsome enough to tempt me” para salir a dar pelea, porque necesitamos un poco de desafío, que no todo sea tan fácil, tan cómodo. Mr.Collins no nos viene bien, queremos la querella interna, que nos duela elegir a nuestro enemigo, meses de incertidumbre, histeriquéo, la sutileza de la falta de tacto en nuestro discurso. Por eso, normalmente luego del cortejo necesario, nos aburrimos, porque ya no hay más diversión por sacar, porque nuestro orgullo (nosotras si lo tenemos aún como virtud bien delimitada) no encuentra el sociego en la charla amena, necesitamos nuestra pelea diaria, sentir amor pero que tenemos la libertad de discutir como hobbie. Y sabemos que Mr. Darcy es el único que podría entenderlo, aceptarlo y corresponderlo.
Las referencias a Austen te las debo, pero Darcy forma parte de una cosmología que más que conozco. Así que fumate el siguiente post.
clap clap clap….Austen hasta la médula…comprendo perfectamente
y comparto también